septiembre 02, 2009

Rectificar

Sentado en la banca de enfrente, esperó por días, meses y años. Siempre fiel, siempre dispuesto, siempre cordial. Resistió lluvias, noches de cariño, conversaciones superficiales y almuerzos compartidos.
Eso es lo que recuerdo: haberlo visto cada día en el mismo lugar. Siempre preparado, solo esperando la señal. Muchas veces lo salí a buscar, pero ninguna lo invité a pasar. Él, todo un caballero, me veía a los ojos esperando de mí una señal.
Su semblante denotaba paz, presagiaba felicidad. La inmadurez me hacía pensar que su presencia olía a derrota.
Yo tenía mucho que ganar, él nada que perder. Él no me necesitaba, yo sin el no sería nada. Mis ojos se clavaban en su solapa arreglada, en su disposición de estar conmigo, en sus ganas de vivir.
Un día abrí la puerta, lo invité a pasar, lo hice mío parte por parte. Solo eramos él y yo. Abrió mi pecho despacio, y arrancó 40 kilos de orgullo, 61 rencores y muchas horas de desesperación. Cada uno tenía sabor a cuando los viví. No olvidaré la delicadeza de sus manos haciéndome llorar. Aunque fue mi última opción, recordaré por siempre los pesos que me quitó, los colores nuevos que me mostró.
Hoy sigo con él, porque sigo igual… imperfecta en todos los sentidos. Porque hoy me confundí y mañana seguramente lo haré también. Porque no soy más que un humano: esa especie de mortales de carne y hueso que piensan que en su pequeñez, merecen el cielo.
Hoy dejaré que el arrepentimiento me haga llorar… otra vez.

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